La primera acepción del diccionario de la real academia española de la lengua para el término infame es “que es muy malvado y carece de honra, crédito y estimación”, haciéndonos ver que la pérdida de la honra se asocia con actos malvados. Puede que el concepto moderno lleve a la confusión cuando hablamos de la infamia romana, y es que si bien también es un tipo de carencia de honor, no son exactamente lo mismo. Si nos vamos al derecho romano, Lardizabal1 la define así:


“[…]
es una pérdida del buen nombre y reputación, que un hombre tiene entre los demás hombres con quienes vive: es una especie de excomunión civil, que priva al que ha incurrido en ella de toda consideración y rompe todos los vínculos civiles que le unían a sus conciudadanos, dejándole como aislado en medio de la misma sociedad”

Un estudio más profundo de Camacho de los Ríos2, en el que investiga la infamia en las fuentes romanas nos desvela que esta se obtenía tanto en ámbito público como privado, y normalmente por conductas morales contrarias a la mentalidad romana, como podía ser el doble matrimonio, ciertas prácticas sexuales (si eran conocidas públicamente) o el servilismo, entendido este último, que es el que nos interesa, como la sumisión del cuerpo y/o la voluntad a los deseos de otros. Esta última condición es la que nos interesa, por que es donde encajamos,entre otros, a los actores de teatro, las prostitutas y a los gladiadores: las prostitutas sometían sus cuerpos a los deseos de sus clientes, los actores se exponían fingiendo ser otros para entretener al público, y los gladiadores luchaban también para el divertimento de otros y aceptaban los designios que los espectadores pedían para ellos.

No era poca broma pertenecer a esta clase social, ya que toda la sociedad los despreciaba, como deja muy bien reflejado Tertuliano3 en la siguiente cita:

[…]a aquellos queridísimos luchadores de la arena,[…]de una manera manifiesta lo condenan con la deshonra y con la disminución de su parte fundamental, apartándolos a la curia, a los oradores, al senado, a los caballeros y a todos los demás magistrados[…]”

Era todo un estigma social que, en el caso de los gladiadores, incluso se llevaba marcado en la piel, pero eso ya es contenido para otro artículo. Sin embargo, en el caso de los gladiadores, al mismo tiempo que los despreciaban, los idolatraba, pues el propio Tertuliano, en el mismo texto un poco más adelante deja clara esta hipocresía:

[…]al mismo tiempo que también a ciertas distinciones. ¡Cuánta depravación! Aman a los que castigan, desprecian a los que alaban, exaltan el arte y censuran al artista.”

No obstante, había excepciones que libraban al gladiador de ser marcado por la infamia. ¿Cómo es esto posible?. Bien, si recordáis, al principio del artículo especificaba que la infamia (en el caso que nos atañe) se aplicaba al servilismo, a los que ofrecían su cuerpo o su voluntad para disfrute de los demás, y había casos en los que un gladiador no cumplía con esta característica.

Nos cuenta Mañas4 que si un gladiador cumplía alguna condición específica, podía evitar ser marcado con la infamia. ¿Cuáles eran?. Pues la primera de ellas era ser auctoratus y no cobrar por luchar, sino luchar por la virtutis causa (mostrar valía); otra opción era el luchar por una promesa hecha a un emperador y la última alternativa era luchar en honor a alguien. No obstante, había ciertos razonamientos éticos que a pesar de no cumplir ninguna de las condiciones anteriores, conseguían escapar de la infamia, tales como cumplir una obligación familiar (por ejemplo para ganar dinero para pagar el funeral de un familiar) o social como llevar a cabo una venganza o salvar a un amigo de la pobreza .

Respecto a esta última obligación social de salvar a un amigo de la pobreza, tenemos una anécdota curiosa, la historia de Sisinnes5:

Resulta que dos amigos atenienses salieron de su casa a navegar y conocer mundo, e hicieron noche en la ciudad de Amastris, en el Mar Negro. Sin desconfiar de nada ni de nadie, dejaron todas sus pertenencias en una posada, mientras daban un paseo por la ciudad. Al volver, cual fue su desgracia, cuando les habían robado. No protestaron por miedo a ser considerados chantajistas al reclamarle todo su dinero a los vecinos o al hospedero y así se vieron pobres y sin nada ni nadie a quien recurrir.

Sisinnes, que era uno de estos dos aventureros, viéndose en esta situación, descubrió que habría a los dos días un espectáculo gladiatorio y convenció a su amigo para ir. Estando ellos de espectadores, un heraldo proclamó que quien se enfrentase y ganase a uno de los gladiadores, recibiría 10.000 dracmas, así que Sisinnes, ni corto ni perezoso para sacarse a él y a su amigo de la pobreza, aceptó el reto.

El combate fue apasionado, y Sisinnes ganó, matando a su rival. Si bien estuvo apunto de perecer debido a las heridas, las cuales su amigo cuidó hasta que se recuperó, y acabó hasta por casarse con su hermana una vez regresaron ambos a su tierra natal. Eso si, según nos cuenta Luciano al término del relato, quedó cojo de por vida.


Notas:

1Lardizábal y Uribe, M. de, Discurso sobre las penas, título V, apartado IV (De las penas de infamia). Introducción de Ignacio Serrano Butragueño, Granada, 1997, p. 105.

2Camacho De Los Ríos, F., La infamia en el Derecho romano, Alicante, 1997

3Tertuliano, De Spectaculis 22·2

4Mañas, A. (2018)Gladiadores: el gran espectáculo de Roma, Ariel Historia, Barcelona. pp. 193-196

5Luciano de Samóstata, Sobre la amistad 57·60


Imagen de cabecera: dibujo de Borja Mirón de un actor, un gladiador y una prostituta de época romana