Hace buena que no escribo, y menos una «historia de un gladiador», como solíamos hacer mi amigo Juan Tranche y yo durante la pandemia, en directos de instagram. Pero hoy lo haré de nuevo.

Preparando los últimos detalles de lo que será uno de los espectáculos de esta temporada 2026, he vuelto a releer la obra completa de Luciano de Samóstata titulada «Tóxariss o sobre la amistad», en ella, Toraxis y Mnesipo, un escita y un griego,  hablan largo y tendido sobre la amistad, parándose a debatir sobre diversos ejemplos de la misma, debatiendo sobre las razones de uno y de otro sobre el verdadero significado de la amistad y el valor de la misma.

En su versículo 57, habla Tóxaris sobre un caso concreto y personal, donde él mismo y su amigo Sissines se ven metidos en un lío que implica a la gladiatura de forma directa. Como no soy yo quien de mejorar lo ya escrito por Luciano, y no me atrevo a resumir o acortar la historia que Toxaris nos narra, directamente os la dejo íntegra aquí, para que podáis disfrutarla como yo lo he hecho tantas otras veces.

TÓXARIS /SOBRE LA AMISTAD – LUCIANO DE SAMÓSTATA 57-60

También en este tema debo hacer caso de tus sugerencias y hablar brevemente para que no te canses prestándome atención en todo el recorrido de mi relato. Escucha más bien el servicio que me prestó a mí personalmente un amigo llamado Sisines.

Cuando yo salí desde mi casa de Atenas ansioso de aprender la cultura griega, navegué hacia Amastris, en el Mar Negro; la ciudad es un puerto de cabotaje para los que navegan procedentes de Escitia, no muy distante de Carambis. Me acompañaba Sisines, un amigo de la niñez. Buscamos un alojamiento en el puerto, trasladamos allí nuestro equipaje desde el barco y sin sospechar nada malo nos fuimos de compras. Pero entretanto unos ladrones rompieron la cerradura y se lo llevaron todo, hasta el punto que no dejaron siquiera lo imprescindible para ese día.

Cuando regresamos a casa y nos dimos cuenta de lo ocurrido, no nos pareció oportuno proceder judicialmentecontra los vecinos, que eran muchos, ni contra el hospedero, temiendo que la gente nos tomara por chantajistas si decíamos que nos habían robado cuatrocientos dáricos, mucha ropa, algunos paños y todo lo que teníamos. Estábamos estudiando la situación para ver qué podíamos hacer al encontrarnos sin nada absolutamente en un país extraño. Incluso yo era de la opinión de hundirme la espada en el pecho en el acto y desaparecer de la vida antes de soportar una situación indecorosa, agobiado por el hambre o la sed, pero Sisines trataba de animarme y me suplicaba que no hiciera tal cosa, pues decía que él mismo ¡iba a discurrir un medio para que tuviéramos subsistencia suficiente.

Entonces se dedicó a transportar maderos desde el puerto y regresaba trayéndome víveres adquiridos con su salario. Al día siguiente, dando vueltas por la plaza vio una especie de procesión, según dijo, de jóvenes animosos y de buen aspecto, que habían sido reclutados a sueldo como gladiadores y se disponían a luchar al cabo de dos días. Y una vez que se enteró de todo lo relativo a ellos volvió junto a mí y me dijo: «Ya no tienes que llamarte pobre más tiempo, Tóxaris, porque dentro de dos días te haré rico».

Así dijo, y estuvimos vegetando de mala manera en el intervalo; cuando por fin se montó el espectáculo, nosotros mismos fuimos espectadores. Me cogió como si fuéramos a ver un espectáculo griego divertido y único y me llevó al teatro. Nos sentamos y vimos en primer lugar animales salvajes abatidos a flechazos, acosados por perros y lanzados contra hombres encadenados —criminales, según supusimos—. Cuando entraron los gladiadores, el heraldo hizo destacarse a un joven de buena talla y proclamó públicamente que quien estuviera dispuesto a luchar con él avanzara hasta el centro y recibiría diez mil dracmas como recompensa por el encuentro. Entonces se levantó Sisines, dio un salto a tierra, disponiéndose a luchar, pidió las armas, recibió la recompensa, las diez mil dracmas, me la trajo y la puso en mis manos, y dijo: «Si venzo, Tóxaris, nos iremos con todo lo necesario, pero si caigo, entiérrame y regresa a Escitia».

Mientras yo me lamentaba ante la situación, él recibió sus armas y se revistió con ellas, salvo el casco, que no se lo puso, sino que tomó posición con la cabeza descubierta y así luchaba. Él mismo recibió la primera herida, un golpe bajo en la corva con la espada curva, de modo que la sangre fluía abundante. Yo estaba ya con anterioridad muerto de miedo. Pero él esperó a que su adversario le atacara confiadamente y entonces le hirió en el esternón y lo atravesó, de modo que al punto cayó ante sus pies. Él mismo, exhausto por la herida, estaba sentado junto al muerto, y poco faltó para que la vida también le abandonara. Entonces yo acudí corriendo junto a él, lo reanimé y lo conforté. Y una vez que lo despidieron como vencedor me hice cargo de él y lo llevé a casa. Después de un largo tratamiento sobrevivió y actualmente está todavía en Escitia, después de casarse con mi hermana. Sin embargo, está cojo de resultas de la herida.

Y esto, Mnesipo, no ocurrió en el país de los maclianos ni en Alania, como para que falten testigos y pueda desconfiarse de ello, sino que hay aquí muchos amastrianos que recuerdan el combate de Sisines.